01 enero 2011

¿Por qué no vivimos eternamente?


La vida es un bien preciado por la humanidad desde tiempos ancestrales. Leyendas y mitos a lo largo y ancho del globo muestran cómo un gran tesoro el elixir de la eterna juventud. Con la evolución de la ciencia y la medicina en los últimos años hemos conseguido alargar notablemente la esperanza de vida media, pero aún así sigue siendo complicado llegar a los cien años. ¿Acaso existe un límite infranqueable?
La experiencia nos muestra que nacemos, crecemos, envejecemos y morimos. La vida consiste básicamente en el crecimiento y el envejecimiento. Estos dos procesos que normalmente asociamos a edades tempranas y a edades tardías, en cierto modo están siempre presentes. En los primeros años dominan los procesos de crecimiento, mientras que una vez que alcanzamos la edad adulta, son los procesos degenerativos los que dominan. Estos procesos degenerativos consisten en un deterioro gradual de la estructura y la función corporal, que conllevan una disminución de las capacidades que tiene el cuerpo humano para prevenir la enfermedad, que será lo que termine en última instancia con la vida.

I: Envejecimiento
Las células del cuerpo no se limitan a dividirse y hacer su trabajo durante el limitado tiempo de vida para luego morir. A medida que el cuerpo envejece, el proceso de división celular se ralentiza. Poco a poco van aumentando las células del llamado pigmento de “desgaste natural”. No importa lo que intentemos ocultarlo, porque al final, cualquier cuerpo muestra signos de envejecimiento. La piel se arruga, perdemos elasticidad, los cabellos se van mostrando grises y delgados. Y sí, la cirugía estética puede ocultar todo esto, pero no oculta los signos internos: perdemos capacidad de regular la temperatura corporal, los niveles de azúcar o el pH de la sangre.
La causa por la que el cuerpo envejece, y finalmente muere, es que estamos programados para ello. Cada célula de nuestro cuerpo se reproduce por división, pero el número de divisiones de cada célula está limitado. Hasta los años 60, los científicos pensaban que en teoría nuestras células podrían vivir eternamente. Pero ensayos de laboratorio han demostrado que las células humanas se dividen un número característico de veces, y después mueren. De hecho, se ha probado que una célula tomada de un anciano se divide muchas menos veces que una célula de un joven. Incluso si trasplantamos células de un animal viejo a uno más joven, las células trasplantadas mueren en su momento predestinado, sin tener en cuenta la juventud del cuerpo receptor.
Hay ciertas formas de vida, sobretodo plantas e invertebrados, en las cuales las el envejecimiento parece no darse en absoluto. Cabe destacar el caso de los protozoos. Pese a que nadie ha demostrado de manera definitiva su inmortalidad, ciertas cepas de Paramecio, mantenidas en su cultivo, son capaces de sobrevivir indefinidamente sin conjugarse ni fertilizarse, mientras que por la contra, otras cepas no sobreviven a menos que se fertilicen periódicamente.

II: FOXO3A
Hablando de organismos más complejos, algunos peces grandes y tortugas tienen un proceso de envejecimiento tan lento que es casi indetectable. Para explicar esto se hipotetizó sobre la existencia de gerontogenes, una serie de genes relacionados directamente con el envejecimiento. Durante años no hubo evidencia de su existencia, pero varios estudios llevados a cabo durante los últimos años han mostrado que el FOXO3 es un gen presente en la mayoría de las personas centenarias, y por lo tanto se ha asociado directamente con la longevidad.
Aquí entramos en una encrucijada clave a la hora de alargar la vida. Las únicas células que parecen dividirse indefinidamente en el cuerpo humano son las células de cáncer. Pero si al contrario ralentizamos el proceso de división, lo que estamos fomentando es el envejecimiento del organismo. La ciencia y la medicina aún se encuentran en esta encrucijada, y pese a que algunos productos milagro digan haberla franqueado, aún queda un largo camino por recorrer.

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